Gestión Ética
El sol, despuntando por el horizonte herrumbroso que marca el límite de la esperanza, sorprende al dr. Sánchez observando el pequeño cuerpo del hijo de Babalo. Sabe que no sobrevivirá a un nuevo amanecer en esa pequeña aldea sudafricana donde la forma de afrontar la vida y la muerte tiene un único rostro, de grandes ojos en el que caben todas las miradas. Mentalmente repasa los protocolos practicados para encontrar el posible error que hubiera podido desencadenar el inminente fallecimiento del pequeño Lesedi. En su fuero interno no acepta la situación aunque es consciente de que la falta de medios, de medicamentos adecuados y de personal especializado son razones suficientes para justificar la muerte de un prematuro de seis meses.
Resignado, sale de la habitación en la que ha improvisado una incubadora con los recursos a su alcance y se dirige a Babalo. Intenta recordar algunos versículos del nuevo testamento en los que encontrar la fuerza suficiente para poder decirle que su hijo morirá en horas. Babalo observa temblorosa cómo se acerca, en su rostro apesadumbrado adivina la fatal noticia. De sus trémulos dedos resbala un másbaha con cuentas de gastada madera.
- Lo siento Babalo. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero ha nacido demasiado pronto. Tampoco nos han llegado las medicinas necesarias. De verdad, ya no podemos hacer nada más por él.
Babalo mira en derredor suya buscando algo a lo que aferrar su corazón para no derrumbarse. Sólo encuentra la mirada amable de Masego, la enfermera que le atendió cuando ingresó, débil y con un bebé que apenas respiraba. Paki, uno de los cooperantes de la congregación que atiende la zona, le acerca un vaso con agua a Babalo, luego se dirige al dr. Sánchez y le susurra al oído: “doctor, creo que podemos hacer una última cosa por Lesedi, orar”.
El médico asiente y coge la mano de Paki, y éste la de Masego, quien a su vez estrecha la de Babalo. En silencio, cada uno reza según su credo. En aquella consulta, ocupada por lo estrictamente necesario, un cristiano, una musulmana, un animista y una agnóstica encaran lo inevitable con el último recurso a su alcance: un deseo común, sincero y profundo.
Hasta aquí una historia real, como muchas a las que cotidianamente se enfrentan miles de profesionales y voluntarios en cualquier rincón del llamado tercer mundo. Traerla a colación obedece a dos razones fundamentales. La primera como ilustración de que la ciencia no puede valerse ni tiene nada que decir de la materia religiosa, ni es asunto de la religión ayudar ni proveer de explicaciones científicas a los hechos naturales (F.J. Ayala). Ciencia y religión, podemos decir, se encuentran en órbitas diferentes que, sin perder la visión la una de la otra, nunca llegan a cruzarse.
En cambio, si trasladamos el concepto de ciencia al de gestión empresarial (como ciencia social) y el de religión al de ética (como orientación para la excelencia humana –D. Melé-), quizá sí sea necesario establecer la relación íntima entre ambas materias. La segunda razón es poner de manifiesto, insistiendo en ello, que en toda situación, sobre todo en las más críticas, además de desarrollar las capacidades y habilidades necesarias para desempeñar una función, es determinante la cooperación y unión de voluntades para la consecución de cualquier empresa u objetivo común, más allá de los intereses personales.
No caben los posicionamientos unilaterales ni egoístas por parte de los trabajadores que integran una organización, independientemente de nivel que ostenten. El marco de confianza y lealtad que se establezca entre ellos será más o menos sólido si el comportamiento profesional y la calidad del resultado son o no éticos. Aquí la ética, la moral aplicable a las relaciones profesionales entre empleados, entre la compañía y los clientes, y los diversos grupos de interés, debe presidir los valores corporativos referidos a la cooperación (entendida como trabajar para algo propio), la participación (como sistema de gestión centrado en las personas como pilares fundamentales para alcanzar el éxito), la innovación (o actitud permanente de búsqueda y renovación), el crecimiento (mediante la aportación de valor interno y externo) y la responsabilidad social (o distribución equitativa y solidaria de los beneficios y la actuación respetuosa con el medio).
Dentro de cualquier organización, no actuar éticamente es vulnerar estos principios y, por tanto, comprometer su desarrollo y su implicación en el progreso de la sociedad donde opera. Decía George Soros: "los especuladores profesionales, como yo, respetamos escrupulosamente las reglas y, personalmente, no tengo ningún cuestionamiento moral sobre la naturaleza de mis actividades financieras”; está claro que muchos profesionales como él actúan dentro de la legalidad cuando toman decisiones que afectan a la estabilidad de los mercados y a la pequeña economía de muchas personas, pero difícilmente se pueden considerar morales sus actuaciones si exclusivamente se realizan para su propio beneficio. El exceso en el ejercicio del egocentrismo se llama corrupción.
Volviendo al principio, la gestión empresarial tiene mucho que decir sobre la ética de su práctica, y es asunto de la ética ayudar a la gestión empresarial a proveer de mecanismos que garanticen su desarrollo desde un punto de vista humanista, no estrictamente economicista.
Por cierto, no les había comentado: Lesedi sigue sobreviviendo a cada nuevo amanecer.
José Manuel Navarro Llena
Experto en Marketing
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