Hace un tiempo me predispuse para ir a comprar ropa íntima femenina. No es de hecho un producto que compre a menudo, por lo que
entré en una tienda de la cadena sueca H&M en el centro de Barcelona, la capital catalana, pues había visto en la TV un comercial bonito. Ante mis dudas en el tema tallas con letras y números y que si el top tenía que ser de la misma talla que la braguita, pensé que sería una buena idea socorrerme en alguna de las señoritas tan amables en apariencia. Justo cuando empecé a articular mi inquisición ("Perdone, esto de las tallas...") ya tenía respuesta... por unas milésimas de segundo estuve a punto de elevar a categoría de diosa esa santa que había intuído mis dudas, seguramente hacía rato que me observaba y se prestaba ansiosa a atender mis pesquisas.
"Búsquelo usted mismo". Pasadas esas primeras milésimas angelicales, mi cara supongo que adoptó una imagen de idiota.
Ahí estaba yo, con los sujetadores en la mano, y un bofetón en mi dignidad...
Pocos segundos después estaba en la calle dirección a
El Corte Inglés,
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